HISTORIA

La fascinación de don Isauro por la mezcla de culturas –muy propia de la región– se ve reflejada en el frontis o fachada de aspecto medieval, cuyo vitral contiene un medallón con una bailarina del tipo «music hall» –de moda en aquel entonces– comprendido en un arco islámico.  Por otra parte, las guirnaldas laterales responden a las características del estilo art-noveau.

La fachada era lo que principalmente distinguía al Isauro de otros teatros en México, ya que los proyectos arquitectónicos de la época oscilaban entre el art-noveauy  el art déco, muy en boga a partir de los años veinte.  Sin embargo, don Isauro había asimilado mucho más la estética de la arquitectura neogótica revelada en los teatros y cines que conoció en sus frecuentes viajes por los Estados Unidos.  

 Detalle de los vitrales en el Martínez 

Aunque el estilo neogótico tenía su asiento propiamente en Inglaterra, había cruzado a Norteamérica vía la arquitectura religiosa protestante  –de ahí la búsqueda de sobriedad– pasando luego a los teatros. El zacatecano siempre divulgó su gusto por este tipo de proyectos y por ello,  mientras su teatro estaba en construcción, enfatizó a la prensa que se estaban «…aprovechando diseños especiales de los grandes cines norteamericanos”. 

En este sentido, no puede negarse la gran semejanza en la estructura y ornamentación del Martínez con los llamados Siameses o Gemelos Bizantinos, diseñados por el arquitecto Howard Crane para la cadena Fox, ubicados uno en Detroit y el otro en San Louis Missouri, de 1928 y 1929, respectivamente.

El ambiente misterioso del foyer.

El foyer, con acceso a la terraza, se delineó para guardar una perfecta armonía con la fachada. ¿Qué pensarían los torreonenses al observar el                  Hermoso diseño de hierro forjado

grave acento medieval en sus paredes y columnas, de las que emergen y se multiplican personajes procedentes del mundo gótico: diablos, mujeres coronadas, caballeros, monjes de brazos cruzados y penetrante mirada, así como jóvenes ¿poetas? El perfecto trabajo en yeso debió llevarlos a pensar que se trataba de madera labrada y no de molduras repetidas.

El gran espejo colocado en su núcleo, contradictoriamente no refleja frivolidad alguna, sino que se integra a un espacio más apropiado para la lectura de textos de Allan Poe, que para descansar y fumar entre actos o bailar en ocasiones especiales.  El piso, con un diseño geométrico repetido y acorde con el tono de columnas y techo, terminó por darle un aire circunspecto.

Es un lugar que de día invita a la reflexión, porque recuerda el interior de las catedrales en las que penetra la luz difuminada por los vitrales; el balcón o terraza permite apreciar la zona en la que se originó la ciudad.

En el programa inaugural se insistió en la búsqueda de contraste entre el aspecto exterior del edificio, austero y sobrio –que también se aprecia en el foyer– con el rico ornamentado de la sala, que dejó boquiabiertos a los asistentes a esa primera velada.

La tendencia oriental.

Para el diseño de la sala se conjuntaron dos ricas experiencias que dieron por resultado un eclecticismo sorprendente.   La de don Isauro, con su gran afición por el arte, tanto por el clásico –grecolatino– como el desarrollado en la Edad Media y el de los pueblos de Oriente y la del pintor-escenógrafo Salvador Tarazona, quien traía en su haber una gran influencia de pintores como Eugene Delocroix y GustaveMoreau, europeos fascinados al descubrir Marruecos y otros países de Medio Oriente.  Estos últimos desarrollaron muchas de las temáticas que encontramos en el teatro (mujeres envueltas en sugestivos velos, celebraciones exóticas o escenas de la vida cotidiana de aquellas tierras), así como la utilización de colores fríos e iridiscentes como los verdes, azules y violáceos que el escenógrafo incorporó a su paleta, con estilo propio. Además, el orientalismo corresponde plenamente a la época, ya que había comenzado a introducirse en los cines para crear un clima enigmático, sutil e íntimo.

Resulta interesante que éste haya llamado a Tarazona  para decorar el edificio, porque ya era un artista con reconocimiento.

En otras paredes podían observarse diseños geométricos en tonos verdes, blancos, dorados y negros del art déco o dibujos con sustantivo orgánico, art noveau.  Esto apenas era el inicio de un ambiente singular, marcado evidentemente por el eclecticismo.

La sala es el espacio más importante de cualquier teatro: todos los elementos anteriores constituyen la preparación para este territorio en donde el arte palpita continuamente a través de actores, músicos y danzantes. Por ello, el plafón destaca por su magnitud y presencia en el techo de la sala –aunque los motivos en este caso no son orientales– y sedujo, o más bien obligó a quienes entraban y tomaban asiento, a volver los ojos hacia arriba para encontrarse con la obra central: La Inspiración –evocativo de Apolo y las musas– circundada por molduras de diseño entrelazado con un juego de luces, para lograr diferentes efectos y modificar el color con la consecución de un efecto cinético.  La inspiración se ha concebido como el don que los dioses ofrecen a unos cuantos, para que éstos lo compartan con los demás a través de sus creaciones.

La Inspiración se encuentra complementada por un trazo radial: ocho composiciones con un discurso ético-filosófico totalmente acorde con los preceptos de don Isauro sobre la educación y el desenvolvimiento humano.  Representan en conjunto, según él mismo: «la vida de un hombre útil a la Humanidad»: en primer término, La revelación del carácter muestra las ideas psicológicas de la época: la  fortaleza en el ánimo

La inspiración evoca al dios Apolo y las musas  que debía desarrollarse, cual elemento de la naturaleza, para llegar a la plena madurez; el segundo cuadro, El Heroísmo, en el cual un joven salva a una dama, expone el riesgo y benevolencia de poner en peligro la propia vida por la de otros; el tercero es el aspecto lúdico-humano, El Juego, necesario para «equilibrar las fuerzas físicas con las mentales»,  aspecto enfatizado por la cultura griega y a la derecha, El Heroísmo y La visión. Arriba, zoología fantástica en el plafón.

que apenas comenzaba a apreciarse en México en el ámbito educativo. El cuarto se refiere al Amor, desplegado en la imagen de una familia; el siguiente es La Visión, el hombre y su relación con el universo, la reflexión sobre su papel en el mundo. En El trabajo aparece un obrero, «cruzado por vigas y molduras de fierro», quizá como homenaje a los propios trabajadores que erigieron el teatro;  el séptimo hace referencia a una de las cualidades humanas más apreciadas: La Bondad y en último término aparece el final de la vida, La Vejez, en la que se observa la experiencia y sapiencia de un viejo, sostenido por sus hijos.

El programa anticipa posibles impugnaciones artísticas por parte del público, señalando que el pintor tuvo que ejecutar esta serie «de una manera rápida, debido a la incomodidad para hacerlo, pero la absoluta originalidad del trabajo sustituye con creces la falta de depuración del mismo, cosa que ha sucedido en los plafones más notables de monumentos artísticos de las metrópolis europeas». El discurso está concatenado por una zoología fantástica de fino trazo caligráfico mozárabe.

Fragmento de la leyenda del dragón hindú 

Posteriormente capta la atención la arcada central, que juega a ser parte de la escenografía del Martínez.  En la parte superior, los dragones, máscaras y motivos budistas asombran por su carácter y fiereza, contrastando con las festividades celebradas en ambos lados del escenario, cuyos trazos se encuentran perfectamente incorporados al recinto produciendo la ilusión de que los personajes cobran vida y nos observan desde otra arcada.  Se representan dos escenas apoteóticas, culminantes:             Motivos budistas en la arcada centrala la derecha, príncipes persas subidos en elefantes, llegan a la puerta del templo, donde les ordena parar el Gran Sacerdote; en la izquierda, odaliscas desnudas acompañadas por músicos penetran por un arco afiligranado, similar a los del teatro.  Desde un balcón, un grupo los mira, ¿nos mira? Ambos murales –en definitiva– son un monumento al color. Y no es casualidad,  Tarazona mismo lo refrendaba: “Estas dos composiciones son en las que he puesto toda mi alma y trabajo para complacer al público”.

Por último, la filigrana de la boca del escenario, prácticamente un encaje o celosía que termina por situarnos en un ambiente de exotismo e intimidad, consiste en una decoración de relieve, elaborada en estuco, con diversos motivos: caballeros de la edad media, dioses, genios y en el centro, una danza oriental en la que es palpable el erotismo y la exultación humanas.

https://www.youtube.com/watch?v=jHogLR6MtAQ